SEÑALES INEQUÍVOCAS DE LA CATÁSTROFE

Yo nombré a mi perro “Falco”, aunque el significado literal de la palabra es “halcón” traducido del idioma italiano, quise llamarlo así porque me gustó mucho un personaje que interpretó Keanu Reeves en una película que se llama “the replacements” (los suplentes). Shane Falco, el loser persistente que un día consigue lo que quiere, así nomás.
Como sea, Falco llegó a mi vida al mismo tiempo en que un gran amor se iba. Al hombre no le gustaban los perros pero sabía que a mí sí; cuando me regaló ese pequeño cachorro de cuatro meses, entendí que era el caos, y empecé a prepararme para el final.
El día en que él me entregó a Falco me sonrió mucho, y maximizó su tolerancia respecto del olor, las travesuras, los rincones sucios y el ruido de ese montoncito de pelos que se pisaba las orejas. Prolongó su estado de ánimo durante dos semanas, el tiempo que tardamos en ponernos de acuerdo en el tema de quién se quedaba la sala y quién el gimnasio, si seguiríamos viéndonos y cada cuándo, “en calidad de qué”.
Finalmente dejé mi casa con mi perro entre los brazos, al principio pensé que era “un premio de consolación”, algo que el hombre me había dado para que el día de nuestra despedida pensara que él no era tan malo. No sé si estuve en lo cierto, pero si lo hizo con ese motivo le funcionó, hasta llegué a pensar que a él también le dolía perderme.
Con el tiempo, mi “premio de consolación” se convirtió en mucho más. Falco llegó a ser un compañero como “el otro” nunca lo fue; no considero que el hombre sea una mala persona, le gustaba ir al cine, no tomaba, no fumaba, decía muchos chistes y groserías, era discreto con sus infidelidades, me compró todo lo que quise y lo que no quise también; no me quiso: me adoró. Pero a pesar de que sintió algo por mí, nunca me abrió su corazón.
Con “abrir su corazón” no me refiero a contar sus cosas ni nada similar, me refiero a que en realidad no hizo nunca un esfuerzo por entender lo que yo en verdad necesitaba o estaba sintiendo. Cada año me regaló dos bolsas Louis Vuitton (una en navidad y una en mi cumpleaños), ¿saben en dónde están ahora? Yo tampoco. Pero sé que Falco está conmigo.
Más de un año tuve muy profundas e intermitentes crisis de depresión, períodos de insomnio que se prolongaban por días, y miles de millones de preguntas sin respuestas. En ocasiones me alcanzaban las cinco de la mañana fumando en el balcón, deseando que amaneciera para que el bullicio de la vida me impidiera escuchar mis pensamientos; pero cuando llegaba el día, le pedía a Dios que anocheciera pronto, para dejar de escuchar todos esos ruidos que me hacían recordar.
Con sus orejas grandes y sus ojeras caídas bajo sus ojos rojos, Falco esperaba junto a mí a que la vida terminara de pasar. Mi perro –que ya no es un cachorro- se echaba junto a mí en el balcón, me veía llorar y sus ojos brillaban, a veces se le mojaba el pelaje con algo que parecían ser lágrimas. No cuestionaba de ninguna manera, no exigía nada de mí, sólo se echaba poniendo su nariz fría en mis pies, y suspiraba con mi llanto silencioso -nunca se quedó dormido antes que yo-.
No podría decir que esto es lo que hace un verdadero compañero, pero con toda seguridad sostengo que eso era lo que yo necesitaba en esos momentos. Conforme Falco fue creciendo, ese amor fue disminuyendo, pensar en eso siempre me hace preguntarme qué pasará el día en que Falco se muera.

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